miércoles, 3 de septiembre de 2008

Siempre de pie


Nació del caos y las necesidades.

Huérfana de padres,

fue alimentada y cuidada por hombres y mujeres

que le tomaron aprecio y supieron ver su talento.

Llegando a la adultez

con una vida signada por tropiezos y caídas,

huellas oscuras de su existencia que la quebrantaron,

es el más digno ejemplo de fortaleza.

Fue victima de amores y odios,

ultrajada y apuntalada para seguir camino,

para dirigir aquel recorrido firme.

Desde siempre valorada,

más allá de su belleza,

como una deidad social,

dueña de carisma y logros

que la hacen parte de cada uno de nosotros.

Hoy, ya madura, es resguardada y protegida por una idea,

dos palabras de millones

que trascienden las convicciones individuales:

Nunca más.

sábado, 2 de agosto de 2008

Erial


La soledad se materializa en el desierto.
Tierra desolada,
sin mas que un espectador ocasional
que nunca desea permanecer en ella.
No hay agua,
la sed abruma al nómade,
y la arena lastima en la aridez de la piel herida.
El sol curte el cuerpo del peregrino
corrompiendo su sensibilidad
y aislándolo del mundo que lo circunda.
El rumbo es impreciso al igual que el fin de la travesía.
Los espejismos,
memorias añoradas,
acentúan el sufrimiento por la lejanía del pasado
y la incertidumbre del futuro.
El paso de los días extraviado en ese lugar,
hacen al errante un agonizante
con menos ganas de vivir a cada minuto.
El silencio,
la ausencia de una voz cálida
que amenice la distancia hasta la meta indefinida,
repregunta el porqué continuar,
por quién seguir.

martes, 15 de julio de 2008

El ombú


Era un árbol añoso, lleno de ventanas para que la luz entrara en el almacén que Inés atendía todos los días a la hora de la siesta. Tenia ramas enormes y recovecos que se transformaban en estantes. Dos cajones de manzana que quedaban ahí dentro, esperaban las tres de la tarde para contener todas las clases de quesos imaginarios que habría en la mejor fiambrería.

Luis juntaba hojas de higuera, de nogal, de sauce, de parra y de ciruelo para ser cada vez más adinerado y así poder comprar toda la comida que haría falta en su castillo, custodiado por su feroz bestia, Pocho.

El primer cliente de la jornada siempre era Luis. Llegaba en su moto Harley Davinson, sin motor y con pedales, pero con una canasta apropiada para llenar de provisiones. Inés lo recibía de muy buen gusto y le preguntaba que necesitaba, lo atendía con suma cortesía del mismo modo en que Elvira recibía a su madre todos los sábados en su comercio.

Luis había comprado ya todo lo que necesitaba para la fiesta de esa noche, gaseosas, chocolates y bombones helados, pero cuando se decidía a pagar, escucharon el grito de Carmen que buscaba a su hija. Inés debía estar acostada, así que cerró rápidamente el negocio y junto a Luis y Pocho corrieron a la casa de la tía para esconderse y no ser castigados.

La fiesta tuvo que posponerse para el día siguiente, pero en compensación merendaron una tasa de chocolate caliente y torrejas en su guarida de todos las tardes.

domingo, 6 de julio de 2008

La vida es una moneda

Un peso en la calle que, después de una sonrisa de reojo, fue derecho al bolsillo del pantalón. Siempre es bueno encontrarse algo, da la sensación de que uno empieza con el pie derecho, pensó, y siguió desenroscando los cables del auricular.

El camino a la parada era siempre el disparador de reflexiones, variando la profundidad según el sueño acumulado por la rutina. El tema de hoy: qué haría de su vida de acá en mas. En efecto, no había descansado bien y en esas circunstancias, los problemas se solían magnificar.

Cree que la vida es sólo una, que no puede perder ni un minuto en algo que no la haga feliz, aunque mas no sea a futuro. Piensa que la vida es una búsqueda de placer constante, satisfacciones y riquezas. Y esta rutina era prueba de que no iba por el buen camino.

Mientras Charly García le susurraba al oído que el reloj en su puño marcó las tres, llega el colectivo y una vaga noción de cual seria la decisión se esbozaba en su cabeza. Dice al chofer “noventa” y saca el peso de su bolsillo para dejarlo librado a su suerte en la maquina a cambio de un boleto.

Se tira contra un asiento y deja que la vista se le pierda en el camino. No puede dejar los compromisos ya asumidos, no lo consideraba correcto, pero cómo desaparecer. La lógica le decía que debía esperar a que terminara el año y después organizar de otro modo el próximo, pero la urgencia por la intolerancia quería una solución ya.

Quizás evaporarse unos días y olvidarse del mundo. Pero no, porque al regresar sería lo mismo, que odiaría aun mas. Qué hacer. Sólo había visto viable la idea de cumplir con todo lo que debía, pero tratando de volver a ser ella. Dándole su toque a cada cosa, y no dejando que las obligaciones sobrepasaran la apropiación de cada actividad.

Pasó el tema, no quería escuchar nada de Cold Play, la ponía peor, así que pasó a Johansen, que le aconsejó “no seas insegura, eso déjamelo a mi”. Y ante semejante recomendación, decidió hacer propio cada compromiso que se le cruzara.

Semáforo en rojo, faltaba poco para llegar, y una manito de 5 años le deja una tarjetita sobre mochila que llevaba en la falda, busca en el bolsillo del pantalón y encuentra 10 centavos. “La vida te sonríe” escrito con brillitos y Mickey sonriendo era lo impreso en el frente del almanaque, mira al nene y, con la sonrisa de una mente ida, le da los 10 centavos y la tarjeta.

El edificio con el cantero azul la alerta, se acerca al chofer y le grita “parada”. Casi se pasa por estar distraída. Serrat la trataba de convencer de que “hoy puede ser un gran día, platéatelo así”.

domingo, 22 de junio de 2008

Esencia


Pies,

llenos de lugares,

que fueron por senderos conocidos y no ciertos,

por rutas dictadas y queridas.


Piernas,

cansadas de subir escalones,

hartas de no llegar a destino,

doloridas y débiles.


Cadera,

coloreada de rumbos,

deseada y difícil,

selectiva y dulce.


Vientre,

simple y joven,

futura vida quizás,

ni pasada ni presente.


Columna,

rectora del bálsamo divino,

lastimada pero erguida,

compuesta y unificada.


Manos,

escritoras y laboriosas,

pañuelos de seda de tantas lagrimas,

dueñas de caricias ilimitadas.


Pecho,

frente a todos vanidoso,

parte del génesis y el transcurso,

centinela receloso del amor.


Cuello,

puente entre el corazón y la mente,

arbitro de riñas eternas,

receptor de besos exquisitos.


Labios,

hacedores de palabras,

transmisores de sentimientos y lujuria,

propios y ajenos.


Ojos,

materialización del infinito,

guías irremplazables del camino,

manantiales de tristezas y alegrías.


Y yo,

suma de mi todo,

tan tuya, tan nuestra,

me entregare en pago al final del camino,

hoy siendo mente, mañana quizás tierra.


Como suya permanezco,

como mía escribo,

y como tuya espero.

sábado, 14 de junio de 2008

Diluvio


Debajo de mis ojos, las fortuitas y numerosas lágrimas desbordaron cuencas que precipitaron una inundación imprevista. No dio tiempo a evacuar los sentimientos. La víctima debió resguardarse en lo precario, y quedar malherida al pie de la vida.

Sus pertenencias se perdieron por la inclemencia del dolor y ahora se encuentra pordiosera junto a su soledad, sin vistas de un futuro, rumiando aun lo perdido, sin proyectos, sin presente.

Evita recurrir a prestamistas de dulzura, conoce cuan caros son sus intereses y no está en condiciones de afrontar tal empresa. La tristeza le quitó todo, incluso las ganas de pedir ayuda, de refugiarse en algún amigo.

Con harapos, se esconde en alguna ruina del pasado para pasar el frío, sabiendo lo peligroso que es confiar en una estructura ya corroída por ciclones de olvidos. Y ahí se queda, dejando transcurrir el tiempo.

Quizás espere que las consecuencias te tal angustia pasen, que los vestigios de cada golpe de la congoja se sedimenten para poder reconstruirse, a orillas de la vida, plantando felicidades y cosechando amor, como hasta ayer lo hacía.

martes, 3 de junio de 2008

Fin

Miércoles, diez de la noche, sale del edificio disparado, con una mente que iba mas rápido aun que su trote inseguro. La discusión con ella lo aturdió, por primera vez se había quedado sin argumentos y, sin mas, debió darle la razón.
Un chico le dice que tiene los cordones desatados, ni siquiera lo oyó, va ensimismado en la reconstrucción del hecho, en el puntapié final que terminó con todo. No logra engullir la cantidad de emociones que tiene atoradas en el pecho, sigue escuchando sus gritos y sus silencios, como los ajenos.
Llega a la avenida y un conductor lo despabila con su bocina tras un grito de “mira por donde caminás”. Termina de cruzar rápido y se sienta en el cordón de la vereda para atarse el zapato, que con el tropiezo por el susto, nota desatado.
Caen lagrimas solas sin intención, que le molestan, en ese día tan frío, tanto como el popurrí de angustias que lleva dentro. Se para y enfila sus pies a la plaza que esta una cuadra mas adelante, sin sentir la helada que se viene, con el dolor a flor de piel como impermeable ante la intemperie.
Piensa, en todo y en nada, delibera en el aire sin tener noción de que es lo que realmente quiere. Ya está, se terminó. La escena se le cruza una y otra vez, como una película repetida. Discutieron horas desde que él llegó cerca de las 6.
Sabe que ya no hay modo de recuperarla, ella misma se lo dijo “no te quiero mas, en realidad nunca te quise como pensabas”. Después de esas palabras su vida se vio quebrada, no esperaba esa merienda después de trabajar 8 horas como cada día desde hacía años.
Ella tenía razón, no tenía sentido estar juntos cuando esperaba un hijo de otro hombre, a quien amaba, con quien se iría a vivir.
Él, desconcertado, escuchó mientras la miraba, la admiraba, desmenuzaba su belleza a la par de su propia vida. Ella estaba en lo cierto, pero no era lo que él quería escuchar. Discutieron, y mucho. Él llegó incluso a proponer la incoherencia de hacerse cargo del bebé, pero ella no quiso, prefirió vivir con quien amaba y el hijo que esperaban juntos.
Prende un cigarrillo y larga todo lo contenido en un grito lleno de lagrimas y humo. Sigue recordando cómo ella lo quería hacer entrar en razón, que ya no existía posibilidad de un mañana juntos, que debía reconstruir su vida y no verla mas.
De un susto tira el celular al piso mientras suena, número desconocido, lo deja ahí, mientras se seca las lagrimas con el puño del saco. Recuerda cuando la conoció, cuando le habló por primera vez, recuerda lo que fue y ya no sería.
Decidió ir a su casa, dormir y dejar de lado el mundo que tanto le hacía recordar los momentos felices. Se acerca a la vereda, para un taxi y le indica la dirección. En el camino mira las luces, las personas que caminan, los autos que pasan, todas esas personas que siguen viviendo mas allá de su desazón.
Se baja tres cuadras antes y compra un atado de Marlboro en el kiosco. Camina y busca el encendedor, se da cuenta que lo tiro junto con el teléfono en la plaza, entonces pide fuego a un señor que pasaba, estando ya a media cuadra de su casa.
Mientras saluda y agradece viene corriendo un hombre desesperado y lo agarra del cuello, lloraba, estaba enloquecido, gritando ahogado “Marcela, mi hijo”. En segundos una decena de policías lo enredan con esposas y manos diciendo que era sospechoso por el crimen de Marcela Díaz.

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"Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable..." (J.L.B)